Al día siguiente fui a la misma tienda, como a la misma
hora, con la esperanza de verla de nuevo, pero no fue así...
Le pregunté al señor de la tienda si conocía a la chica, y
me dijo que sí, que vive en el edificio de al lado, y que es hija de una señora
que también va a la tienda...
Me quedé pensando que quizás era menor de edad...
Pero bueno, lo hecho, hecho está, y si ella no dijo nada,
pues mejor...
Ese día salí de la tienda con un refresco y unas papas,
igual que el día anterior, y me senté en una banca cerca del edificio donde
ella vive.
Estuve ahí un rato, viendo a la gente pasar, pensando en lo
que había pasado el día anterior...
De pronto vi que salió del edificio, pero esta vez con un
vestido corto y ajustado, y tacones...
¡Se veía aún más sexy! Iba caminando con paso rápido, como
si tuviera prisa, y cuando pasó frente a mí, me miró con una sonrisa tímida y
siguió caminando. Yo me levanté y la seguí, sin saber muy bien qué iba a
hacer...
Ella caminaba rápido, pero de pronto se detuvo frente a un
escaparate, como si estuviera viendo algo interesante, y se agachó un poco para
mirar mejor.
Entonces volteó hacia mí con una mirada traviesa y se
levantó el vestido descaradamente, dejando al descubierto que no traía nada
debajo...
¡Ni siquiera ropa interior!
Se le veía todo, y aunque estaba agachada, alcanzaba a ver
lo húmeda que estaba...
Se quedó así unos segundos, mirándome fijamente, y luego se
bajó el vestido y siguió caminando como si nada.
Entré tras ella a la tienda, un lugar pequeño, pero bien
surtido de ropa femenina.
Ella tomó varios vestidos de un estante y se metió al
probador sin siquiera mirar hacia atrás.
El probador era largo, dividido en dos secciones con una
cortina delgada entre ellas. De un lado las mujeres, del otro los hombres.
Tomé el primer pantalón que encontré y entré al lado
masculino, pero dejando la cortina entreabierta para poder espiar.
Mientras me desabotonaba el pantalón, escuché el roce de
tela del otro lado. La cortina de su lado se movió y apareció su rostro en la
abertura, con esos ojos grandes que parecían decir "lo sé todo".
Yo estaba en calzoncillos, con el pantalón en mano,
paralizado como un ciervo ante los faros de un auto.
Ella no dijo nada, solo abrió completamente su cortina y se
apoyó en el marco, mirándome descaradamente mientras se acomodaba el cabello
con una mano.
Su blusa ya estaba desabrochada hasta el ombligo.
El vestido se adhería a su cuerpo como segunda piel mientras
giraba lentamente para mostrarme cada ángulo.
Cuando se inclinó para ajustar el escote, pude ver el
reflejo de mi propia expresión de asombro en el espejo detrás de ella.
Olía a vainilla y algo más dulce, quizás el aroma de su piel
caliente mezclado con perfume.
Mis manos sudaban al sentir cómo su mirada recorría mi
cuerpo con la misma intensidad con que yo había recorrido el suyo el día
anterior.
Ahora, cerró su cortina con un movimiento estudiadamente
lento, dejando solo un espacio de dos dedos por donde podía verse la curva de
su cadera contra la tela oscura.
El ruido de la cremallera al bajar sonó como un disparo en
el pequeño espacio.
Mis dedos se cerraron
sobre el pantalón que aún sostenía, arrugando la tela.
Podía escuchar su respiración acelerada del otro lado de la
cortina, y el roce de la tela contra su piel al deslizarse por sus piernas.
Cuando abrió la cortina de nuevo, llevaba un vestido color
salmón tan ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo adolescente.
El escote en V dejaba al descubierto la parte superior de
sus senos, donde una fina capa de sudor brillaba bajo la luz fluorescente.
Giró sobre sus tacones con una sonrisa pícara, haciendo que
el vestido se pegara a sus muslos antes de caminar hacia mí con pasos
calculados.
Cada movimiento hacía que la tela se estirara sobre sus
caderas de una manera que casi podía sentirla bajo mis manos.
Se detuvo a solo unos centímetros de distancia, lo
suficiente para que el calor de su cuerpo llegara a mí cuerpo.
"¿Qué opinas?", preguntó mientras pasaba la lengua
por sus labios húmedos.
El vestido crujía levemente cuando respiraba, como si
estuviera a punto de reventar en las costuras.
Entonces ella regresó a su cambiador, y cerró nuevamente la
cortina.
Mientras yo me puse el pantalón que me iba a probar.
Entonces empecé a escuchar ruidos del otro lado.
Ella claramente estaba haciendo algo...
Después, el crujido de la tela se escuchaba con cada
movimiento, y de pronto, vi cómo la cortina se abría levemente por la parte
inferior.
Una pierna desnuda se asomó por el espacio, mostrando la
piel tersa hasta el muslo.
Luego, la otra pierna hizo lo mismo, pero esta vez con un
movimiento más lento, casi teatral.
La cortina se abrió completamente revelando su nueva
elección: una mini falda de cuero sintético que apenas cubría sus caderas, y
una blusa ajustada de encaje que dejaba ver claramente el contorno rosado de
sus pezones erectos.
Caminó hacia mi como modelo...
La mini falda de cuero sintético apenas cubría el movimiento
de sus caderas, cada paso haciendo que el material brillante se pegara y se
separara de sus muslos con un sonido suave de fricción.
La blusa de encaje dejaba ver más de lo que ocultaba - cada
vez que respiraba hondo, el tejido transparente se estiraba sobre sus pezones
erectos, marcando su contorno rosado contra la luz fluorescente del probador.
Ella se dio cuenta de que me puse el pantalón...
Entonces puso sus manos en mi cadera para bajarme el
pantalón, con una mezcla de audacia y timidez que solo alguien acostumbrado a
romper reglas podría dominar.
Sus dedos se deslizaron bajo el cinturón con la seguridad de
quien ya ha reclamado territorio antes, pero el leve temblor en sus yemas
delataba que esta vez iba más allá de lo habitual.
El pantalón de vestir cayó a mis tobillos, dejándome solo en
calzoncillos de algodón que ya no podían ocultar nada.
Su mirada se desplazó hacia abajo con una curiosidad casi
científica, como si midiera el efecto que su provocación había causado.
Entonces ella camino de regreso a su probador como saltando,
casi como satisfecha de haber hecho su travesura, entonces entendí que ella
quería que me quedara en ropa interior.
Me vio y se metió para volverse a cambiar, cerró la cortina,
pero la dejó abierta, por un lado, para que yo pudiera seguir viendo parte de
lo que ella hacía.
Primero se quitó la falda de cuero sintético, dejando ver
sus piernas desnudas hasta la cintura.
Luego, con movimientos lentos, se quitó la blusa de encaje,
dejando al descubierto su torso desnudo y sus pechos firmes y pequeños.
Se miró al espejo mientras se pasaba las manos por el
cuerpo, como si estuviera admirando su propia belleza.
Tomó un conjunto de lencería que había colgado en el
probador.
Se lo puso con cuidado, ajustando las tiras finas sobre sus
hombros y la copa de encaje sobre sus pechos.
El conjunto era diminuto, apenas cubriendo lo esencial, pero
en lugar de salir así, tomó una gabardina larga y oscura que también había
llevado al probador.
Se la puso sobre los hombros, dejando que el material pesado
cayera sobre su cuerpo como una cascada de oscuridad.
La gabardina la cubría casi por completo, solo dejando ver
un destello de la lencería cuando se movía.
Caminó hacia mí con pasos lentos, los tacones resonando en
el suelo mientras se acercaba.
Al llegar frente a mi probador, detuvo su marcha y miró
hacia ambos lados, asegurándose de que no hubiera nadie más en la zona.
Entonces, con un movimiento rápido, se deslizó dentro del
probador de hombres donde yo estaba, cerrando la cortina tras de sí con un
golpe seco.
El espacio era estrecho, apenas suficiente para los dos.
El calor de su cuerpo se mezcló con el mío, y el aroma dulce
de su piel se hizo más intenso en la intimidad del probador.
La música del negocio, una canción pop con un ritmo sensual,
comenzó a sonar más fuerte.
Ella cerró los ojos por un instante, dejándose llevar por la
melodía, y luego los abrió fijándolos en los míos con una chispa de picardía.
Sin decir palabra, se quitó la gabardina con un movimiento fluido, dejándola
caer al suelo como una sombra derrotada.
Quedó frente a mí vistiendo solo aquel conjunto de lencería,
tan revelador que apenas cumplía su función.
La música invadió el pequeño espacio mientras ella comenzaba
a moverse al ritmo, balanceando las caderas que hacía que la tela fina de su
ropa interior se estirara y se encogiera con cada movimiento.
Se dio la vuelta lentamente, como si estuviera en trance, y
presionó sus nalgas firmes contra mi erección, que ahora amenazaba con romper mi
ropa interior.
El contacto fue delicioso, haciendo que ambos contuviéramos
un gemido al unísono.
Sus manos ascendieron por su propio cuerpo con movimientos
hipnóticos, acariciándose los senos pequeños, pero perfectamente formados, sus
dedos jugueteando con los pezones erectos que se marcaban claramente contra el
encaje.
Cada movimiento de sus caderas contra mí era calculado,
perfecto, casi como si estuviera siguiendo alguna coreografía secreta conocida
solo por su cuerpo.
El calor de ella era insoportable, y la humedad del ambiente
se hacía más densa con cada segundo.
Entonces se giró completamente hacia mí, sus ojos oscuros
brillando con una mezcla de inocencia y malicia.
No dijo nada, simplemente cerró la distancia entre nuestros
labios con una determinación que me dejó sin aliento.
El beso fue largo y húmedo, sus labios dulces como fruta
madura bajo el sol.
Sentí cómo una de sus manos me guiaba hacia su nalga
derecha, donde mi mano se hundió en la carne firme como si perteneciera allí
desde siempre.
Mientras tanto, su otra mano me tomó de la muñeca y la
colocó sobre su seno izquierdo, donde el pezón endurecido traspasaba la tela fina
de la lencería.
El sabor de su boca como a menta mezclada con algo
indescriptiblemente femenino me mareaba mientras nuestros cuerpos se pegaban en
el pequeño espacio del probador.
Entre beso y beso, ella bajó su mano hasta mi entrepierna
con movimientos expertos, midiendo la forma y tamaño de mi erección a través de
la tela.
Cada vez que sus dedos presionaban con más fuerza, yo
respondía mordisqueando su labio inferior y apretando su trasero con ambas
manos, haciendo que sus caderas se movieran involuntariamente contra mí.
Podía sentir la humedad de su ropa interior contra mi muslo
cuando cambiábamos de posición, el calor radiando de ella como un horno en
pleno invierno.
Su respiración acelerada contra mi cuello, ambos nos
separábamos por segundos para volver a respirar, sólo para encontrarnos de
nuevo en otro beso más profundo.
De pronto, rompió el contacto y me miró con esos ojos llenos
de malicia.
Sin apartar la mirada, deslizó su mano dentro de su propia
lencería, metiendo dos dedos entre sus labios húmedos con un movimiento que
conocía demasiado bien.
Un gemido ahogado escapó de sus labios entreabiertos cuando
empezó a masajearse en círculos lentos, los ojos cerrados por el placer
momentáneo.
Podía ver cómo su abdomen se tensaba con cada roce, cómo sus
muslos temblaban levemente al buscar más presión.
Cuando retiró los dedos, los colocó directamente contra mis
labios antes de que pudiera reaccionar, deslizándolos dentro de mi boca con un
movimiento dominante que no admitía negativas.
El sabor era embriagador, una mezcla de sal y miel con un
regusto metálico que hacía que mis papilas se estremecieran.
No podía evitar cerrar los ojos mientras lamía cada gota de
su néctar, saboreando el rastro pegajoso entre sus dedos delgados.
Cuando abrí los ojos, ella ya estaba recogiendo su gabardina
del suelo con movimientos rápidos, como si de repente hubiera recordado dónde
estábamos.
Sus mejillas estaban sonrojadas, pero su sonrisa era de
triunfo al ver mi expresión de frustración por el contacto interrumpido.
"Nos vemos fuera", susurró mientras se abrochaba
la gabardina con manos temblorosas, dejando solo un destello de encaje antes de
desaparecer tras la cortina.
Ella se adelantó, se probó un atuendo más que no pude ver
por la premura de vestirme para seguirla. Ella se adelantó a pagar algo a las cajas.
Yo salí del probador y la seguí. Cuando ella terminó de
pagar, salía por la puerta.
Traía su vestido antes de comprar, ese mismo que se había
puesto antes de entrar al probador, pero ahora lo llevaba despeinado, como si
hubiera sido usado con más intensidad que antes.
El escote, que antes estaba impecable, ahora caía un poco
hacia un lado, dejando ver la marca rojiza de mis dedos en su piel blanca.
Sus tacones sonaban contra el piso mientras caminaba hacia
la salida, y por un segundo me pareció ver cómo sus muslos se rozaban con más
fuerza que antes, como si aún sintieran el eco de mi contacto.
Nos separaban tres pasos exactos cuando salimos a la calle.
Ella caminaba con esa seguridad que solo tienen las chicas
que saben exactamente el efecto que causan, balanceando las caderas de manera
que el vestido se pegaba y despegaba de sus nalgas con cada paso.
Yo seguía su ritmo, sintiendo cómo el sudor frío me corría
por la espalda bajo la camisa, mientras mi erección aún presionaba incómoda
contra el pantalón.
Ella giraba esquinas sin mirar atrás, como si supiera que yo
estaría allí, siguiendo el rastro de su perfume.
En un momento dado, pasamos frente a un escaparate y vi
nuestro reflejo: ella, pequeña pero poderosa en su vestido floreado; yo, más alto,
pero irremediablemente cautivo, siguiéndola como un perro tras un trozo de
carne fresca.
Un parque frondoso apareció como un oasis en medio del
asfalto.
Árboles viejos con ramas que se entrelazaban como amantes,
bancos de hierro forjado pintados de verde oscuro, y ese silencio peculiar de
los lugares que han visto demasiado.
Ella eligió el banco más apartado, bajo la sombra de un
jacarandá cuyas flores moradas caían sobre nosotros como confeti.
Se sentó en el borde mismo del banco, dejando espacio
suficiente para mí, pero con las piernas cruzadas de manera que el vestido se
levantaba lo justo para mostrar el destello de piel desnuda.
No había nadie más en ese rincón del parque, solo el
murmullo de una fuente cercana y el ocasional crujido de hojas bajo las patas
de alguna ardilla curiosa.
Ella jugueteaba con el borde de su vestido, subiéndolo y
bajándolo milímetros, como si midiera mi paciencia.
Cada vez que se deslizaba sobre su piel, podía ver el borde
blanco lechoso de sus muslos.
No hablábamos.
El silencio entre nosotros era más elocuente que cualquier
palabra.
Entonces ella levantó la mirada hacia el cielo, y se
desguanzó en la banca, como acostándose, casi derretida.
El vestido se arrugó bajo su cuerpo, revelando la curva
suave de su vientre y la sombra oscura entre sus muslos.
Los brazos extendidos por encima de su cabeza, como si
estuviera a punto de ser crucificada por el sol de la tarde.
Un gemido escapó de sus labios cuando la banca fría tocó su
espalda desnuda bajo el vestido. Sus pezones se marcaban claramente contra la
tela floreada, duros como gomitas de fresa.
El zumbido era apenas audible sobre el canto de los pájaros
en los árboles, pero para mí sonaba como un motor de motocicleta en una
biblioteca.
Primero pensé que era un celular perdido entre los pliegues
del vestido, pero luego vi cómo su mano derecha presionaba contra su vientre
bajo, los dedos temblorosos buscando algo en su interior.
El sonido aumentó cuando su cuerpo se arqueó
involuntariamente, haciendo que el vestido se levantara aún más.
Una línea brillante de humedad corría por su muslo interno
cuando el pequeño objeto rosa cayó al suelo con un golpe seco.
Me agaché para recogerlo antes de que ella pudiera
reaccionar, sintiendo cómo el plástico aún vibraba en mi palma como un animal
atrapado.
Apagué el interruptor con el pulgar mientras observaba cómo
su cuerpo seguía palpitando en ondas post-orgásmicas.
Su pecho subía y bajaba rápidamente, haciendo que los
pezones marcaran patrones erráticos contra la tela delgada.
Una gota de sudor se deslizó por su sien derecha hasta
perderse en el cabello revuelto sobre la banca.
Algo en el ángulo de su cuello, la forma en que sus labios
entreabiertos dejaban escapar pequeños jadeos, me dijo que esto no era su
primer orgasmo de la tarde.
El silencio del parque se hizo más denso mientras ella
mantuvo los ojos cerrados, dejando que las últimas contracciones la recorrieran
sin prisa.
Cuando finalmente abrió los párpados, sus pupilas dilatadas
parecían dos pozos que me invitaban a caer.
El olor dulzón de su excitación se mezclaba con el perfume
de las flores.
Ella estiró los dedos de los pies dentro de los tacones,
haciendo que los músculos de sus pantorrillas se tensaran en una línea perfecta
hasta donde el vestido se había enrollado en sus muslos.
Parecía una diosa de algún mito olvidado, la piel dorada por
el sol filtrado a través de las flores moradas, el cabello revuelto como una
corona salvaje, los pezones erectos transparentando a través de la tela
floreada como dos puntas de lanza.
Cuando pasó el orgasmo, se incorporó con una fluidez que me
dejó sin aliento.
Sus dedos, aún húmedos, se cerraron alrededor del vibrador
que yo tenía en mi mano, arrebatándomelo con un gesto que pareció lo violento.
Sin romper el contacto visual, lo deslizó entre sus senos pequeños,
pero perfectamente redondos, donde el plástico rosado desapareció en la sombra
del escote caído.
"Mío", susurró, y por primera vez, su voz sonó
segura, como si hubiera estado gritando en silencio todo este tiempo.
Avanzo para un lado, casi tropezando con una raíz del árbol bajo
nuestros pies, y fue entonces cuando me tomó de la mano.
Su palma era más pequeña que la mía pero infinitamente más
cálida, los nudillos marcados como perlas bajo la piel.
Sentí cómo sus uñas, pintadas de un rojo descarado que no
había notado antes, se clavaban levemente en mi muñeca mientras me arrastraba
hacia ella.
Caminamos hacia debajo de un puente, la noche ya estaba
cayendo y cada vez se veía menos gente alrededor.
El calor del día había dejado paso a una brisa fresca que
hacía que su vestido se pegue aún más a su cuerpo, marcando cada curva como si
fuera un mapa que solo yo podía leer.
Sus tacones resonaban contra el pavimento con un ritmo
hipnótico, y por primera vez desde que todo comenzó.
Sus dedos se entrelazaron con los míos con una fuerza
sorprendente, como si temiera que me fuera a escapar ahora que finalmente me
tenía justo donde quería.
Estábamos debajo del puente, donde la luz de los faroles
apenas llegaba.
Ella me empujó contra la pared fría, sin soltar mi mano,
mientras con la otra comenzaba a desabrochar mi camisa con una urgencia
evidente.
Sus dedos temblaban levemente, no por nerviosismo sino por
esa energía eléctrica que parecía recorrerla desde que salimos del probador.
El crujido de los botones al ceder se perdía entre el bullicio
lejano del tráfico sobre nosotros.
Sin darme cuenta, ella me despojó de la camisa con una
habilidad que hablaba de práctica.
La tela cayó sobre el suelo húmedo mientras sus uñas rojas
trazaban caminos desde mi clavícula hasta el cinturón.
Allí se detuvo, levantando la mirada para asegurarse de que
yo seguía ahí, no físicamente, sino presente en ese juego de dominación que
había comenzado en el probador.
El aire frío de la noche contra mi torso descubierto contrastaba
con el calor de sus manos mientras bajaba la cremallera de mi pantalón con los
dientes.
El ruidito metálico de la cremallera resonó bajo el puente
como una declaración.
Ella se arrodilló sobre mi ropa abandonada, sin importarle
el barro que manchaba, y comenzó a deslizar el pantalón por mis caderas con
movimientos pausados, casi ceremoniales.
Cuando quedé en ropa interior, su respiración se aceleró
visiblemente, no por timidez, sino por ese poder recién descubierto de verme
completamente vulnerable ante ella.
Sus manos, ahora firmes, se cerraron alrededor de mis
calzoncillos, deteniéndose justo antes de tirar, como si quisiera prolongar el
momento en que aún podía decidir detenerse.
Pero no lo hizo.
El sonido de la tela bajando por mis muslos se mezcló con el
crujido de las ramas del árbol cercano.
Ahora completamente desnudo bajo esa luz intermitente, sentí
cómo sus ojos recorrían cada centímetro de mi cuerpo con la misma intensidad
con que yo la había mirado en el probador.
El aire nocturno enchinaba mi piel mientras ella se
incorporaba lentamente, pasando las manos por sus propios muslos.
Me tenía totalmente desnudo a su merced.
Sus dedos fueron directamente al escote de su vestido
floreado.
Un solo tirón hacia abajo bastó para que la tela se
deslizara de sus hombros como agua, revelando primero la curva perfecta de sus
clavículas.
El vestido cayó formando un círculo a sus pies, como un lago
de tela alrededor de sus tacones.
Su cuerpo quedó iluminado por los destellos de luz que
filtraban desde la calle, la cintura, las caderas redondeadas, las piernas
infinitas, ese triángulo negro de su entrepierna que brillaba húmedo bajo la
luna creciente.
La chica avanzó con la seguridad de una gata en terreno
conocido.
Sus manos en mis hombros me empujaron contra el muro de
concreto mientras su cuerpo se pegaba al mío en un contacto magnético.
La temperatura de su piel quemaba donde rozaba la mía, muslos,
vientre, pechos pequeños y firmes que presionaban contra mi torso mientras su
pelvis calculaba el ángulo exacto.
Sentí el calor de su respiración en mi cuello cuando alzó
ligeramente una pierna para guiarme hacia ella.
El primer contacto fue una descarga.
Su entrada ardiente como brasas vivas me envolvió
lentamente, milímetro a milímetro, mientras sus uñas se clavaban en mis
hombros.
Un gemido gutural, animal, casi doloroso, escapó de su
garganta cuando finalmente nos unimos por completo.
Sus músculos internos palpitaban alrededor de mí, apretando
y soltando en ritmo irregular que me hizo ver estrellas.
El movimiento de sus caderas empezó lento, casi tortuoso,
cada empuje hacia adelante acompañado de un quejido que sonaba más a dolor que
a placer.
Ella aceleró el ritmo sin previo aviso, las manos agarrando
mis caderas con fuerza de tenaza para marcar el compás.
Sus gemidos cambiaron de tono, agudos, cortantes, cada vez
que su pelvis chocaba contra la mía con un sonido húmedo que resonaba bajo el
puente de concreto.
Las gotas de sudor que rodaban por su espalda brillaban como
diamantes bajo la luz de los postes.
La expresión de su rostro era puro cálculo hedonista: labios
entreabiertos, pestañas temblorosas, la punta de la lengua asomando en cada
exhalación.
No buscaba mi placer, ni siquiera fingía interés en él.
Sus caderas describían ochos perfectos sobre mí, los
músculos internos contrayéndose selectivamente como si supieran exactamente
cómo extraer cada gota de sensación para sí misma.
Las uñas rojas dejaban marcas en forma de media luna en mi
piel cuando se inclinó hacia atrás, usando mis piernas como punto de apoyo para
profundizar el ángulo.
El primer orgasmo la golpeó como un relámpago, espalda
arqueándose hasta formar un puente imposible.
Sentí cómo se convulsionaba alrededor de mí, los músculos
vaginales pulsando en un ritmo caótico que le ponía los ojos en blanco.
Pero no se detuvo.
Al contrario, aprovechó las contracciones post-orgásmicas
para aumentar el ritmo, moviéndose ahora con la ferocidad de alguien que ha
descubierto un juguete nuevo y quiere romperlo en la primera noche.
Sus gemidos eran diferentes ahora: guturales, rasposos, como
si le costara respirar pero no quisiera dejar de hacerlo.
El segundo clímax la tomó por sorpresa apenas sesenta
segundos después, su cuerpo entero se tensó.
Un hilillo de saliva le cayó de la comisura de los labios
mientras gritaba algo que sonó como mi nombre, pero distorsionado por el
placer.
Los músculos de sus muslos temblaban contra los míos, pero
sus caderas seguían moviéndose con una determinación automática, como si su
cuerpo hubiera desconectado del cerebro y ahora funcionara por pura memoria
muscular.
Cada empuje lento y profundo provocaba un espasmo visible en
su vientre, marcando líneas de tensión bajo la piel sudorosa.
Sus pezones, aún erectos, rozaban contra mi pecho con la
textura de piedras pulidas por el mar.
La saliva le colgaba del mentón en un hilo transparente que
se rompió cuando su cabeza cayó hacia atrás en un frenesí.
El tercer orgasmo la sacudió en un arrebato, sus dedos se
cerraron alrededor de mis brazos con tal fuerza que sentí los vasos sanguíneos
aplastarse bajo la presión.
Por un segundo, todo su cuerpo se congeló en una curva
perfecta, la garganta expuesta palpitando bajo la piel fina, antes de
derrumbarse sobre mí con un gemido que más parecía un sollozo.
Sus caderas seguían moviéndose, ahora arrítmicas, como un
péndulo que pierde energía.
Cada empuje lento enviaba ondas de calor desde donde
estábamos unidos hasta la punta de mis dedos.
Podía sentir cómo su interior aún palpitaba alrededor de mí,
contracciones post-orgásmicas que se prolongaban en espasmos cada vez más
débiles.
Sus labios, hinchados por los mordiscos, buscaron los míos
con una urgencia casi desesperada.
Entre jadeo y jadeo, sus manos se aferraban a mis hombros
como si yo fuera el único sostén.
El movimiento de sus caderas se hizo más lento, casi
perezoso, cada roce calculado para extraer hasta la última gota de sensación.
Uno...
Un gemido escapó cuando su clítoris rozó mi pelvis y vibraba
de placer.
Dos...
Sus pestañas temblaron como mariposas heridas al retorcerse.
Tres...
El sudor recorrió su espalda arqueada.
Cuatro...
Sus uñas, esas uñas rojas que habían trazado caminos en mi
piel, se clavaron otra vez en mi carne mientras gemía.
Cinco...
El movimiento paso de lento a inmóvil mientras su boca débil
escurría como evidencia de haber perdido el control.
Seis...
El crujido de su garganta al intentar tragar su saliva
espesa, mientras su cuerpo se contraía pulsante.
Siete...
El último espasmo, tan débil como el aleteo de un pájaro
moribundo.
En ese momento su cuerpo se acercó al mío como una marioneta
sin hilos, los músculos convertidos en líquido caliente que se derramaba contra
mi pecho.
Su frente pegajosa se apoyó sobre mi clavícula mientras sus
piernas temblaban como varillas de mimbre, incapaces de sostenerla.
Cada exhalación suya era un pequeño huracán contra mi piel,
húmeda e irregular.
Sus ojos cerrados temblaban bajo los párpados como si soñara
con algo demasiado intenso, las pupilas recorriendo paisajes internos de
colores eléctricos que solo ella podía ver.
Las manos, antes tan seguras y dominantes, ahora se
aferraban a mis costillas con una urgencia casi infantil, como si yo fuera el
único punto sólido en un universo que se le deshacía entre los dedos.
Por un instante, el tiempo dejó de existir bajo ese puente, solo
el sonido de su respiración entrecortada y el roce de sus pestañas contra mi
piel cada vez que parpadeaba, demasiado débil incluso para levantar la cabeza.
Sentí cómo su interior aún palpitaba alrededor de mí en
contracciones post-orgásmicas que llegaban cada veinte segundos exactos, como
un reloj de arena invertido.
Cada espasmo vaginal le arrancaba un pequeño movimiento
involuntario de caderas, un empuje mínimo, casi imperceptible, que hacía que el
aire le silbara entre los dientes.
Su espalda, cubierta de un brillo de sudor, se arqueaba en
pequeños escalofríos que recorrían su columna como descargas eléctricas,
terminando siempre en un gemido moribundo que se perdía en el hueco de mi pecho.
Ese pequeño temblor, ese último acto reflejo de su cuerpo
exhausto pero insaciable, hizo que la sangre me fluyera.
Las manos, que hasta ahora habían sido espectadoras pasivas
de su autodestrucción hedonista, se cerraron alrededor de sus caderas con una
presión que dejó media luna roja en cada nalga.
La levanté como un saco de trigo, ligera pero densa, y la
aplasté contra el muro de concreto que aún guardaba el calor de mi espalda.
Sus pies, descalzos ahora que los tacones yacían abandonados
cerca del vestido floreado, se aferraron a mis pantorrillas, suaves y
enredados.
El primer empujón fue un cataclismo.
Su cuerpo se alzó en un arco imposible, la boca abierta en
un grito mudo que solo expulsó aire caliente sobre mi hombro.
Sentí cómo sus músculos internos, ya tan sensibles después
de diez orgasmos, se contraían alrededor de mí como una mano que intentara
exprimir hasta la última gota.
Cada envestida que daba, era como oprimir una esponja de la
que escurría agua interminable.
Cada vez que la levantaba y dejaba caer sobre mí, sus
piernas se estremecían como las de un caballo exhausto después de una carrera.
El sonido de nuestros cuerpos chocando resonaba bajo el
puente, húmedo, carnal, primitivo.
Su cabeza golpeó contra la pared con un crujido que debería
haber sido doloroso, pero solo le arrancó un gemido que se transformó en risa
histérica cuando comprendió que ya no tenía control alguno sobre lo que su
cuerpo hacía.
Ella buscaba un punto de apoyo que no existía mientras yo la
usaba como un guante de carne.
Cada vez que la empujaba contra la pared, sus pechos
pequeños y firmes rebotaban levemente, sus pezones rosas permanecían erectos y
sensibles.
Entre jadeo y jadeo, podía ver cómo sus pupilas dilatadas
perdían y recuperaban el foco, como si su cerebro estuviera demasiado ocupado
procesando el placer para mantener funciones básicas.
Sus piernas, antes tan fuertes alrededor de mis caderas,
ahora colgaban flácidas, solo sostenidas por mis manos que se hundían en la
carne blanda de sus muslos.
El sonido más elocuente era el chasquido húmedo de nuestros
cuerpos, acelerándose hasta convertirse en un ritmo constante que hacía vibrar mi
abdomen.
Cada empujón la hacía revivir sus propios orgasmos
multiplicados por cien, sus pupilas se dilataban como si viera visiones, su
boca se abría en un grito que ya no tenía voz.
Podía sentir cómo su interior memorizaba cada centímetro de
mí, contrayéndose en patrones erráticos que seguían la misma cadencia caótica
de sus latidos.
Cada vez que la penetraba hasta el fondo, el chorro
salpicaba contra mis muslos con un sonido obsceno que resonaba como un
chasquido, mezclándose con los gemidos que le arrancaba cada embestida.
La humedad se acumulaba en charcos irregulares sobre el piso,
brillando bajo las luces del parque como espejos deformados.
Sus piernas, antes tan firmes alrededor de mi cintura, ahora
apenas respondían, solo temblaban con cada nueva oleada que le sacudía el
vientre, como si su cuerpo siguiera intentando expulsarme a pesar del placer.
Sus orgasmos llegaban en ráfagas irregulares, a veces tres
seguidos sin pausa, otras veces un solo clímax prolongado que la hacía
arquearse hasta casi tocar el suelo con las manos.
Cada vez que aumentaba el ritmo, sus gritos se convertían en
algo más animal que humano: gruñidos rasposos que terminaban en jadeos
desesperados cuando la empujaba contra la pared con demasiada fuerza.
Podía sentir cómo los músculos de sus labios intentaban
adaptarse, contrayéndose en patrones cada vez más erráticos alrededor de mí
mientras su mente se perdía en algún lugar entre el dolor y el éxtasis.
El sonido de nuestras pieles chocando se mezclaba con el
goteo constante de su excitación.
Cuando aceleré aún más, sus pupilas dilatadas perdieron todo
rastro de conciencia, reflejando solo la luz tenue de la noche como dos espejos
rotos.
Los músculos del interior de Ella, se contraían en espasmos
que ya no seguían ningún ritmo, solo vibraban como cuerdas de guitarra
demasiado tensas.
Podía sentir cómo cada embestida la empujaba más allá del
placer hacia algo que se parecía al exterminio, pero sus gemidos seguían siendo
igual de urgentes.
Su ser se escurría como trapo mojado alrededor de mis
caderas, los pies descalzos dibujando círculos impotentes en el aire mientras
la levantaba y dejaba caer una y otra vez.
El sonido húmedo de nuestros cuerpos ya no tenía intervalo,
era un continuo que reverberaba bajo el puente como una máquina descontrolada.
Su pecho subía y bajaba en movimientos espasmódicos.
Yo no tuve piedad.
Le di duro y duro y duro, cada empuje calculado para sacarle
un sonido nuevo: primero gemidos cortados, luego gruñidos animales, finalmente
algo entre hipo y sollozo que solo salía cuando le arrancaba el aire de los
pulmones.
Lo hacía cada vez más rápido, y más duro.
El ritmo se volvió obsceno, mecánico, como si mi cuerpo
fuera un pistón y ella solo el cilindro que lo contenía.
Sus uñas rojas se cerraron en vano contra el concreto,
buscando algo a qué aferrarse, en un mundo que ya solo giraba alrededor del
movimiento implacable de mis caderas.
Era sólo carne ahora, carne que gimoteaba, carne que sudaba,
carne que se contraía alrededor de mí en espasmos involuntarios cada vez más
débiles.
Su mente había cruzado algún umbral invisible donde ya no
existían palabras, ni pensamientos, solo la corriente eléctrica del placer
convirtiendo su sistema nervioso en cenizas.
La boca abierta en un círculo perfecto dejaba escapar
sonidos que ya no eran humanos, mientras sus ojos rodaban hacia atrás mostrando
el blanco como dos huevos rotos en sus órbitas.
Sus músculos vaginales seguían funcionando por memoria
ancestral, apretando y soltando en un ritmo que ahora parecía más reflejo de
muerte que de éxtasis.
La piel de sus muslos, antes tan firme bajo mis dedos, ahora
cedía como cera caliente cuando la levantaba para empujarla contra el muro una
y otra vez.
Noté el momento exacto en que dejó de intentar sostener su
propio peso, sus brazos cayeron como trapos mojados a los costados, la cabeza
rebotando contra el concreto con cada embestida sin que ella hiciera el menor
intento por protegerse.
La saliva le colgaba de la comisura de los labios,
tambaleando al ritmo de nuestros cuerpos, babeaba tanto que rozaba su pecho
cada vez que su torso se inclinaba hacia adelante.
Sus ojos, antes llenos de picardía, ahora miraban fijamente
un punto invisible en el aire con las pupilas totalmente dilatadas, todo era
negro.
Solo el temblor post-orgásmico de sus párpados delataba que
aún había algún vestigio de conciencia en ese cascarón de carne sudorosa.
Decidí que ya había sido suficiente cuando sus gemidos se
convirtieron en un sonido único, continuo, como el zumbido de una máquina
sobrecalentada.
La separé bruscamente de la pared, pero sus piernas no
respondieron, cayeron inertes como las de una muñeca de trapo.
El único cambio fue que su cabeza rodó hacia atrás.
Su boca seguía abierta en esa mueca silenciosa, los labios
hinchados y brillantes de saliva, como si aún intentara gritar, pero ya no
quedara voz en sus cuerdas vocales.
La sostuve un momento más, observando cómo sus músculos
faciales perdían tensión, la mandíbula se relajó, dejando caer la lengua entre
los dientes.
Sus párpados, antes temblorosos, se cerraron con una
lentitud casi cinematográfica.
Las pestañas oscuras formando media lunas perfectas sobre
sus mejillas sonrosadas.
Un último espasmo recorrió su cuerpo antes de quedarse
completamente inmóvil en mis brazos, las caderas todavía ajustándose alrededor
de mí en un movimiento involuntario que parecía más un tic nervioso que una
respuesta consciente.
El único sonido era el goteo de nuestros sudores mezclados
contra el piso.
Sus pezones, erectos por el frío nocturno rozaban mi pecho.
Noté que su vientre aún palpitaba bajo mi mano,
contracciones rítmicas como las de un corazón expuesto al aire libre.
Cuando le aparté el pelo húmedo de la frente, sus pupilas
bajo los párpados cerrados se movían frenéticas, como si soñara.
Pero su cuerpo no respondía nada más que eso.
La levanté en brazos, ligera como pluma mojada, sintiendo
cómo su cuerpo se doblaba sobre sí mismo, desbaratándose.
Me puse en cuclillas junto al muro, colocándola entre mis
rodillas con una ternura que contrastaba brutalmente con lo que acabábamos de
hacer.
Sus piernas cayeron abiertas de manera natural, como si sus
articulaciones ya no tuvieran resistencia.
La abracé, envolviéndola con mis brazos alrededor de su
torso sudoroso, y su cabeza rodaba para descansar en mi hombro con un sonido
casi inaudible, el suspiro de alguien que ha sido desarmado molécula por
molécula.
El aire nocturno nos envolvió, pero ya no había escalofríos
en ella.
Solo esa quietud postraumática de los cuerpos que han sido
llevados más allá de sus límites.
Mis manos recorrieron su espalda, no para excitarla, sino
para comprobar que aún latía bajo esa piel de porcelana caliente.
Un hilillo de saliva cayó de los labios entreabiertos sobre
mi pecho.
La humedad se mezcló con mi sudor mientras ella emitía un
sonido entre un ronroneo y un quejido, como si su sistema nervioso aún no
supiera si estaba viva o muerta.
Los minutos pasaron.
Mis nudillos rozaron su mejilla, demasiado cálida, demasiado
blanda, y por primera vez sentí un nudo en la garganta.
Su pecho subía y bajaba, sí, pero de manera mecánica, como
un fuelle roto que sigue funcionando por inercia.
Las pestañas no temblaban.
La única señal de vida era un ligero espasmo cada ciertos
segundos, como un interruptor que se activara en su bajo vientre, haciendo que
sus muslos se tensaran fugazmente antes de relajarse otra vez.
Era un movimiento involuntario, casi imperceptible, como si
sus nervios, completamente sobresaturados, aún intentaran enviar señales a
músculos que ya no respondían.
Entre sus piernas abiertas, un hilillo transparente se
deslizaba sin cesar, mezclándose con el sudor que chorreaba por sus muslos
formando pequeños charcos.
Cada vez que un nuevo espasmo la recorría, el líquido
brotaba, como si su cuerpo siguiera intentando expulsar algo que ya no estaba
allí.
Sus labios vaginales, hinchados y rojos, palpitaban
lentamente, como una herida que no termina de cicatrizar.
En esos momentos, otra gota caía de entre sus muslos,
arrastrándose por su piel lento como un caracol.
Yo limpiaba el trazo con un dedo, notando cómo cada contacto
le provocaba micro espasmos que no alcanzaban a convertirse en movimientos
completos.
La abracé casi hasta al amanecer, para ver si se recuperaba.
El alba tocó primero las puntas de sus dedos, luego su
belleza junto a mi cuerpo.
Cuando la luz llegó a sus párpados, estos se crisparon en
una mueca de dolor, como si el amanecer fuera un látigo.
Su primera palabra fue un "llévame a casa".
Sus músculos habían adquirido esa cualidad gelatinosa de los
pulpos muertos, firmes por fuera, pero sin estructura interna.
Cada vez que la soltaba aunque fuera un segundo, su cuerpo
buscaba inconscientemente el contacto con el suelo, como si la gravedad fuera
lo único que podía entender en ese momento.
El juguete vibrante seguía intacto en el suelo.
Lo limpié con mi propia ropa interior antes de guardarlo en
el bolsillo de mi pantalón.
Vestirla fue como ponerle ropa a un maniquí: los brazos se
doblaban donde debían, pero sin resistencia, sin vida.
Cuando le levanté el vestido floreado por encima de la
cabeza, sus pupilas se dilataron por un segundo al rozar la tela contra sus
pezones sobreexcitados, el único indicio de que aún quedaba sensibilidad en ese
cuerpo devastado.
La cargué entre mis brazos hacia la banca, sintiendo cómo su
peso se desplomaba contra mí.
Cada paso dejaba un rastro pegajoso.
Su cabeza se mecía con el movimiento.
Cuando la puse sobre el asiento de madera, su cuerpo se
derrumbó hacia adelante como un saco de harina, hasta que mi mano en su vientre
la obligó a reclinarse contra el respaldo.
Mis dedos aún olían a ella cuando abroché los botones de mi
camisa.
Me ajusté el cinturón con un chasquido seco.
El taxi llegaría en nueve minutos según la aplicación, pero
el tiempo parecía haberse detenido bajo ese puente donde solo existían los
sonidos de nuestra respiración entrecortada y el goteo de nuestros fluidos
mezclándose con el polvo.
La llevé en brazos como se carga a un gato moribundo, con
esa mezcla de ternura y fascinación morbosa por lo frágil.
Sus muslos temblaban contra mi costado, pegajosos de sudor,
mientras su cabeza se balanceaba con cada paso como si el cuello ya no tuviera
músculos para sostenerla.
El vestido floreado que le había puesto se le había
enrollado en la cintura, dejando al descubierto esas marcas rojas que mis dedos
habían dejado en sus caderas.
Cada vez que acomodaba mi agarre, sus labios entreabiertos
emitían un sonido entre ronroneo y quejido, como si su cuerpo ya no supiera
distinguir entre tacto y placer.
La cama rechinó cuando la coloqué sobre las sábanas, y la
luz me regaló un contraste brutal contra su piel brillante llena de fluidos
secos.
Sus brazos cayeron a los costados con esa languidez de la
ropa usada, las palmas hacia arriba en una pose casi sacrificial.
Observé cómo sus pezones, todavía erectos y rosados como
botones, se tensaban al contacto con el aire frío de la habitación.
Le quité el vestido con movimientos lentos, y su cuerpo no
ofreció resistencia.
Sus labios vaginales, aún hinchados y brillantes, palpitaban
al ritmo de un corazón invisible.
Cada exhalación suya empujaba un hilillo de saliva hacia la
almohada, formando una pequeña constelación húmeda.
Metí dos dedos sin previo aviso, no para excitarla, sino
para confirmar.
Sus músculos internos se cerraron alrededor de ellos con una
fuerza residual, como puños que ya no sabían soltar.
Cada segundo, una nueva contracción recorría sus paredes
vaginales, como si su corazón se hubiera sincronizado, un latido fantasmal que
persistía incluso después de que su mente hubiera desconectado.
El sonido húmedo al retirar mis dedos fue obscenamente
audible en el silencio del cuarto.
Ella ya no opuso resistencia.
Desabroché mi cinturón con un gesto de urgencia.
Cuando entré a ella, su cuerpo apenas se movió, no hubo ni
un gemido de tan débil que estaba entre las sábanas.
Pero su interior...
Su interior era otra cosa.
Cada centímetro que avanzaba encontraba resistencia, sus
músculos apretando en oleadas erráticas, como si su cuerpo aún supiera lo que hacía,
aunque su mente estuviera perdida en algún limbo.
La primera embestida fue tan brutal que su cuerpo se
desplazó por el colchón.
Sus pechos, pequeños y firmes, oscilaron como péndulos mientras
yo la empujaba.
Cada vez que la penetraba hasta el fondo, mi miembro se le
marcaba en el abdomen, como si sus órganos internos cedieran ante la presión.
El sonido de nuestras pieles chocando era lascivo.
Algo en esa imagen, su cuerpo inerte pero cálido, sus ojos
vidriosos mirando al techo mientras yo la rellenaba, hizo que todo se
acelerara.
Sabía que era prohibido, que estaba cruzando una línea
invisible.
Pero eso solo añadió leña al fuego.
Sus músculos vaginales seguían apretando, como si su cuerpo
no pudiera dejar de succionar.
Cuando sentí que el orgasmo se aproximaba, agarré sus
caderas con fuerza, hundiendo mis dedos entre la carne de sus nalgas, mientras
yo la empujaba contra el colchón una y otra vez.
El primer chorro fue tan intenso que casi me doblé sobre
ella, un torrente caliente que salió a presión, llenando cada rincón de su
interior.
Podía sentir cómo su vientre se expandía levemente bajo mi
palma, como un globo que se infla lentamente.
Los siguientes chorros vinieron en oleadas espasmódicas,
cada una acompañada por un gemido de mi garganta.
Su cuerpo, tan blando e inerte, reaccionó instintivamente, los
músculos vaginales se cerraron alrededor de mí, exprimiendo hasta la última
gota.
El semen caliente se derramaba por entre nuestras piernas,
formando charcos en las sábanas arrugadas.
La sensación era tan abrumadora que tuve que morder su
hombro para no gritar, mientras mi cuerpo seguía descargando interminablemente.
El tiempo se distorsionó.
Durante esos dos minutos interminables, cada nueva explosión
de placer venía acompañada de una visión borrosa, su piel pálida brillando bajo
la luz del amanecer, sus pezones erectos rozados, sus muslos abiertos como
alas.
Mis manos llenas en sus caderas, mientras el último espasmo
recorría mi columna vertebral como un relámpago.
El semen aún goteaba de entre sus piernas cuando retiré mi
cuerpo del suyo, dejando un hilo viscoso que se estiró antes de romperse.
Ella no reaccionó, el líquido caliente empezó a salir de su
interior, escurriéndose hasta afuera y humedeciendo las sábanas.
Mis propias piernas temblaban, ella seguía en la misma
posición, solo que ahora sus labios entreabiertos dejaban escapar un poco de
saliva que conectaba con la almohada.
Tal vez no mostró ningún movimiento, pero fue evidente que
su cuerpo todavía lo disfruto.
Caí a su lado, sintiendo cómo cada músculo se relajaba
después de horas de tensión brutal.
Mi mano decidió acurrucarse debajo de su vientre, todavía
cálido y palpitante, y los dedos se enredaron automáticamente en el fino vello
púbico pegajoso de nuestros fluidos mezclados.
Mi palma captaba los movimientos rítmicos de sus paredes
internas: contracciones suaves, cada latido sincronizado con los latidos de su
corazón.
Era hipnótico, esa pulsación lenta pero implacable, como si
su cuerpo, agotado hasta el borde del coma, aún insistiera en memorizar la
forma de lo que había tenido adentro.
Ese día poseí su cuerpo más allá del sexo; era mía y yo suyo.
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